Hace años que no me paraba en un Vive Latino, tendrá unos 4 o hasta 5 ediciones del festival que me perdió. La neta es que siempre por alguna banda pensaba en ir, pero luego mejor me ahorraba esa lana.
Esta vez me lancé, quizá la edición a la que menos iría, quizá con una alineación que no me mataba de emoción, quizá sólo por que se reunía Santa Sabina, quizá sólo por que tuve que ir a chambear.
El caso es que descubrí que es lo que me hacía regresar constantemente a ese festival por encima de muchos otros a los que he ido en los últimos años. Definitivamente me reencontré con esa emoción que me hacía pensar en volver al siguiente año.
Ese sentimiento grupal, jipiteca, que se entrelaza con la pachequéz de la banda y la siempre necesaria catarsis dancística comunitaria. Claro, nunca falta el pendejo que chinga el asunto, pero por lo general la banda toma esa postura de comuna inigualable en ningún otro festival.
Siempre se puede juzgar la organización, la calidad de los alimentos y las bebidas y sobre todo la calidad de lo que uno ve en el escenario, pero definitivamente, eso no es lo único que hace el festival. Mi nostalgia tomó el lugar y será por suempre un buen recuerdo.



